miércoles, 1 de febrero de 2017

Tesis Mortal

 Jamás hubiera imaginado que el profesor Joseph Gruber llegaría trascender de forma significativa en el devenir de mi existencia. Al ser descendiente de emigrantes alemanes, apenas solía dialogar con el alumnado más allá de las aulas como resultado de la inseguridad que le generaba su peculiar acento germánico. 
Aquella actitud le otorgaba la apariencia de un catedrático severo y reservado; pero cuando algún alumno conseguía atravesar aquella fachada de parquedad, podía hallar en él a un hombre soñador, gentil y cautivador. Como uno de esos iconos de cine que en cuestión de minutos podían conquistar a una dama, a la par que lograban ganarse el respeto de cualquier caballero. 
Yo mismo quedé atrapado en su red el día que me expuse ante su presencia para pedirle que fuera el tutor de mi tesis doctoral. Lo recuerdo perfectamente. Recuerdo que le abordé nada más salir del departamento de biología mientras las sombras se cernían sobre el campus universitario durante una fría tarde de otoño. 
¿Y bien? –me preguntó cuando terminé de expresarle mis intenciones –¿Cual será el tema de su tesis? 
Pues... –comencé a decir mientras intentaba reunir el valor para exponer mi propuesta –. La tesis consistirá en la unión de dos vertientes diferentes. El estudio exhaustivo de la memoria genética en combinación con la ley de conservación de la materia. 
¿Y con ello qué pretende demostrar? –me preguntó para animarme a continuar. 
Si mi teoría resulta cierta, podríamos demostrar que el mejor mensaje que la NASA puede lanzar al espacio, a modo de una cápsula del tiempo, es un fragmento de tejido celular de un individuo de nuestra propia especie. 
¿Pretendes que la NASA lance un cadáver humano a los confines del universo con la esperanza de que un posible receptor conozca el mayor número de datos sobre nuestra existencia mediante una lectura celular? –me preguntó el profesor Gruber, mientras sopesaba las múltiples consecuencias de mi demanda. 
Aquella pregunta activó en mi mente la escena de una película en la que un hombre se despertaba horrorizado junto a la cabeza de un caballo, por lo que advertí que la integridad de mi propuesta se veía gravemente afectada. Fue el propio profesor Gruber quien pronunció las palabras que evitaron que iniciara un proceso de retirada. 
Déjeme que medite su propuesta y en un par de días conocerá mi respuesta. 
Tras realizar aquella contestación, me dejó allí plantado con más dudas que certezas; aunque debo de admitir que fue ser fiel a su promesa, pues a mediados del segundo día una joven me entregó un sobre que contenía la siguiente respuesta: 

Estimado Andrew J. Thomas, he meditado su propuesta con el mayor interés y, tras aplicar mis conocimientos en los fundamentos de la misma, he llegado a la conclusión que me resultará todo un reto personal. Si se cree capacitado para finalizar su tesis con mi ayuda, puede contar con ella por el bien de la institución y el resto del mundo académico. Para determinar un plan de estudios, reúnase conmigo en el aula 2B de la facultad de biología a las 17:30 del próximo Viernes.” 
Atentamente: Dr Joseph Gruber 
Aquella carta me devolvió el entusiasmo que necesitaba para iniciar cuanto antes mi proyecto, por lo que al día siguiente me personé frente al aula 2B antes de tiempo. Una vez que todos los alumnos abandonaron el aula, me introduje en su interior, intercambié un par de frases protocolarias con el profesor Gruber y comenzamos a discutir sobre las aulas y laboratorios que podríamos emplear bajo el influjo de nuestros ajustados horarios. 
Una vez aclarado aquel punto, acordamos que el profesor se haría cargo de proveer los productos y útiles de investigación, mientras yo comenzaría a recopilar toda la información relacionada con la lectura e interpretación de la memoria celular que cayera en mis manos. Fue una faena tediosa, pues muchos de los datos obtenidos eran réplicas de estudios anteriores con ínfimas variantes. 
A partir de aquel instante me dediqué a transcribir los datos obtenidos de una forma elocuente y ordenada en mis escasos momentos de soledad; o intentaba realizar algún proceso experimental en el laboratorio con la colaboración del profesor Gruber. 
Las primeras pruebas fueron bastante decepcionantes; por lo que el profesor fue desplazándome imperceptiblemente a un segundo plano. No me percaté de aquella situación hasta que comenzaron a surgir los primeros resultados positivos. Unos resultados que eliminaron cualquier posibilidad de protesta. 
Por cada día finalizado, mi interés por el proyecto se iba desvaneciendo de manera exponencial; hasta que el profesor Gruber me reveló, con intención de animarme, que había encargado a mis espaldas la construcción de un cohete espacial a un grupo de ingenieros del campus. Una revelación que me resultó increíble, pero que me animó a confesar que ya no sentía aquel proyecto como mio.
Ante tal revelación, el profesor me dedicó una sonrisa que pretendía ser comprensiva; pero que en realidad me estaba helando la sangre. 
Es normal que te sientas alejado de tu propio proyecto. Los jóvenes perdéis el ímpetu al primer traspiés –me espetó sin el menor miramiento –. Pero no te preocupes, muchacho. Sólo te voy a pedir que me consigas un cadáver que nadie pueda reclamar, si realmente pretendes figurar los créditos ¡Anima esa cara, chaval, pronto tendrás tu tesis acabada al partícipe de mis logros!


Aquellas palabras cargadas de júbilo me hicieron perder la razón; por lo que me abalancé hacia él con la intención de exteriorizar todo el dolor de mi corazón en su cara. A partir de aquel momento no recuerdo nada más, pero intuyo que consiguió acabar con mi vida durante el forcejeo y escondió mi cadáver en algún lugar hasta que pudo introducirlo en esta nave. Una rudimentaria nave espacial que me permitirá descubrir los paisajes que me ofrezcan el universo hasta que sea encontrado por algún tipo de vida alienígena. 

sábado, 3 de diciembre de 2016

Esquizofrenia

 Era un Domingo de resaca y mi cerebro funcionaba con una décimas de retraso. Sólo la voz de mi subconsciente dirigía mis pasos.
Tras orinar y cepillarme los dientes me dirigí hacia la cocina para desayunar, pero mi madre no tardó en cortarme el paso con una amplia sonrisa mientras me advertía que no quedaba pan. Así que regresé a mi habitación y me vestí con cierta desgana, dispuesto a ir a la panadería de la esquina a comprar una barra.

Doña Encarna me atendió con una inusual mueca en forma de sonrisa; le pagué la recién horneada barra con un un billete de cinco euros, recibí el cambio y regresé a casa sin ninguna prisa. Durante el trayecto advertí que todo aquel que se cruzaba por mi camino sonreía sin motivo aparente, por lo que llegué a pensar que se habían vuelto locos de repente.
Una vez en casa me preparé un bocadillo de mortadela, mientras mi madre se deleitaba viendo la telenovela. Desde mi posición pude advertir que emitían un capítulo de lo más inquietante, pues todos los actores y actrices lucían una sonrisa distante.
¡El juego apenas acabó de comenzar! –exclamó “la mala del culebrón” de repente, haciendo que saltaran todas las alarmas en mi mente.
Con el bocadillo a medio terminar me introduje en mi dormitorio y pulsé el botón del computador para hacerlo funcionar, pues necesitaba contactar con alguien que me pudiera aconsejar. Mi primera opción consistía en contactar a través de la webcam con mi primo Ignacio, pero pronto advertí que también era víctima de aquel misterioso contagio. De segundas contacté con mi amiga Verónica, pero ella me atendió con la sonrisa aún más diabólica. A la desesperada intenté contactar con Julián, pero de inmediato advertí que su sonrisa era de rufián.
Luego probé suerte en YouTube, Facebook y otras redes sociales, pero en todas aparecieron fotos y vídeos de personas con sonrisas similares. Para mi desconcierto la voz de mi subconsciente me sugirió que me deshiciera del computador. Sin apenas cuestionarme los motivos desconecté todos sus componentes y los fui depositando en el suelo del recibidor.

Mi conducta pronto alarmó a mis padres. En menos de una semana de aislamiento voluntario, en el interior de mi habitación, acudió a mi rescate un grupo de sanitarios escoltados por varios agentes municipales. Todos y cada uno de ellos me mostraban una sonrisa de lo más inquietante. 

martes, 30 de agosto de 2016

Tres son multitud

   –¡Madre, me voy al cine municipal con Asunción! –dijo Pelayo una vez arreglado. 
   –Pues haz el favor de llevarte a tu hermano, que tengo que ir a la peluquería a que me pongan los rulos y tu padre no llegará a casa hasta las diez –le exigió Dorotea sin esperar respuesta alguna. 
   Pelayo salió de su casa sujetándole la mano a su hermano y juntos caminaron hasta llegar al portal de Asunción; si no era la chica más guapa de la clase, sin duda era la más simpática. 
   Al salir del portal, Pelayo la descubrió radiante. Portaba unos zapatos de charol sobre unos calcetines blancos de encaje, una falda de color azul marino decorada con  coloridos estampados, un fino jersey a juego y una chaquetilla de punto blanca como la nieve. 
   El plan de besar a Asunción se sujetaba por un hilo que tal y como predijo Pelayo se cortó cuando el niño decidió sentarse entre ambos. A pesar de ello, cuando por fin se apagaron las luces y se puso en marcha el proyector, Pelayo extendió su brazo y logro depositarlo sobre el hombro de la muchacha con el fin de hacerle entender que nada ni nadie lograría interponerse entre
él y el amor de su vida.

                                                                                                    Por cortesía de: Fénix y Jordi Clavero