sábado, 3 de diciembre de 2016

Esquizofrenia

 Era un Domingo de resaca y mi cerebro funcionaba con una décimas de retraso. Sólo la voz de mi subconsciente dirigía mis pasos.
Tras orinar y cepillarme los dientes me dirigí hacia la cocina para desayunar, pero mi madre no tardó en cortarme el paso con una amplia sonrisa mientras me advertía que no quedaba pan. Así que regresé a mi habitación y me vestí con cierta desgana, dispuesto a ir a la panadería de la esquina a comprar una barra.

Doña Encarna me atendió con una inusual mueca en forma de sonrisa; le pagué la recién horneada barra con un un billete de cinco euros, recibí el cambio y regresé a casa sin ninguna prisa. Durante el trayecto advertí que todo aquel que se cruzaba por mi camino sonreía sin motivo aparente, por lo que llegué a pensar que se habían vuelto locos de repente.
Una vez en casa me preparé un bocadillo de mortadela, mientras mi madre se deleitaba viendo la telenovela. Desde mi posición pude advertir que emitían un capítulo de lo más inquietante, pues todos los actores y actrices lucían una sonrisa distante.
¡El juego apenas acabó de comenzar! –exclamó “la mala del culebrón” de repente, haciendo que saltaran todas las alarmas mi mente.
Con el bocadillo a medio terminar me introduje en mi dormitorio y pulsé el botón del computador para hacerlo funcionar, pues necesitaba contactar con alguien que me pudiera aconsejar. Mi primera opción consistía en contactar a través de la webcam con mi primo Ignacio, pero pronto advertí que también era víctima de aquel misterioso contagio. De segundas contacté con mi amiga Verónica, pero ella me atendió con la sonrisa aún más diabólica. A la desesperada intenté contactar con Julián, pero de inmediato advertí que su sonrisa era de rufián.
Luego probé suerte en YouTube, Facebook y otras redes sociales, pero en todas aparecieron fotos y vídeos de personas con sonrisas similares. Para mi desconcierto la voz de mi subconsciente me sugirió que me deshiciera del computador. Sin apenas cuestionarme los motivos desconecté todos sus componentes y los fui depositando en el suelo del recibidor.

Mi conducta pronto alarmó a mis padres. En menos de una semana de aislamiento voluntario, en el interior de mi habitación, acudió a mi rescate un grupo de sanitarios escoltados por varios agentes municipales. Todos y cada uno de ellos me mostraban una sonrisa de lo más inquietante. 

martes, 30 de agosto de 2016

Tres son multitud

   –¡Madre, me voy al cine municipal con Asunción! –dijo Pelayo una vez arreglado. 
   –Pues haz el favor de llevarte a tu hermano, que tengo que ir a la peluquería a que me pongan los rulos y tu padre no llegará a casa hasta las diez –le exigió Dorotea sin esperar respuesta alguna. 
   Pelayo salió de su casa sujetándole la mano a su hermano y juntos caminaron hasta llegar al portal de Asunción; si no era la chica más guapa de la clase, sin duda era la más simpática. 
   Al salir del portal, Pelayo la descubrió radiante. Portaba unos zapatos de charol sobre unos calcetines blancos de encaje, una falda de color azul marino decorada con  coloridos estampados, un fino jersey a juego y una chaquetilla de punto blanca como la nieve. 
   El plan de besar a Asunción se sujetaba por un hilo que tal y como predijo Pelayo se cortó cuando el niño decidió sentarse entre ambos. A pesar de ello, cuando por fin se apagaron las luces y se puso en marcha el proyector, Pelayo extendió su brazo y logro depositarlo sobre el hombro de la muchacha con el fin de hacerle entender que nada ni nadie lograría interponerse entre
él y el amor de su vida.

                                                                                                    Por cortesía de: Fénix y Jordi Clavero

sábado, 6 de agosto de 2016

Una agonía silenciosa


   Los pájaros más madrugadores anuncian con sus alegres cantos un nuevo amanecer. En cuestión de minutos él llegará hasta mí, dedicándome tiernas palabras de amor y destilando alcohol a través de sus poros. Ya no me engañará más, acabará haciéndome daño como en todas y cada una de sus visitas. 

   Ya está aquí. Me observa con mirada critica mientras empuña sus tijeras de podar en una mano y una gran bolsa de basura en la otra. Entre halago y halago canturrea una canción dedicada a su nuevo amor, una tal Salchipapa. 
   Un corte por aquí y otro corte por allá y me anuncia que me está dejando como nueva, mientras unas gotas de sudor caen desde su despejada frente sobre mí. Quisiera gritar de dolor y huir lejos, muy lejos de aquí, pero no puedo. 
   Al acabar la faena el jardinero recoge uno a uno los miembros amputados, que aún vierten mi savia perdida, y se encamina hacia una nueva víctima. Mis heridas curarán y mis ramas crecerán, y un nueva agonía silenciosa comenzará de nuevo.