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miércoles, 31 de octubre de 2018

Carpe Diem


                                                  2018
Tras la prematura muerte de Don Diego de Morangias, un destacado caballero entre las víctimas de la gran pandemia negra que asoló gran parte del continente Europeo a mediados del siglo XIV, Flavio de Morangias inició su gestión sobre las tierras heredadas con suma negligencia. Mientras la mayoría de los señores feudales trataban de engatusar a los jornaleros de la región, con las promesas de una reforma tributaria y el incremento de los festejos anuales, con el fin de ver trabajadas sus tierras, Flavio se empeñó en mantener las férreas costumbres de gobierno de su padre.
Su madre falleció unos años atrás y sin dejar más descendencia a causa de unas fiebres, por lo que no pudo contar con la ayuda de ningún familiar cercano. En cuanto a sus amigos, los que no habían fallecido a causa de la peste, se habían dejado llevar por una vida licenciosa.
–Corren rumores de que las tierras del Marqués de Fraisal han ofrecido unas cosechas hermosas y abundantes, mi señor –se atrevió a comentar Xavier, el único súbdito que aún no le había abandonado, pocos meses antes de su partida –. Las relaciones entre ustedes siempre fueron buenas. Y si usted le pidiera consejo...  
–¿Pretendes que le pida ayuda a ese libertino? –le espetó Flavio a viva voz, para luego lamentar que sus palabras resonaran por toda la estancia –. ¡Jamás!, ¿me has oído bien?, jamás le pediré ayuda a un rufián que se dedica a regalar un puñado de monedas a cualquier mujer que se deje pintar desnuda.
–Carpe diem, mi señor –contestó el sirviente sin vacilar –. Con ello el marques quería decir...
–¡Ya sé lo que quería decir! –rujió Flavio dejando escapar sus babas.
Pero disfrutar de la vida como si sólo le quedaran un par de días de existencia no formaba parte de sus planes de futuro. De hecho, en su mente no albergaba plan alguno; pues desde el mismo día en que Xavier le abandonó para ofrecer sus servicios a un próspero mercader, él mismo se tenía que emplear para recoger el agua del pozo y cocinar todos los alimentos que pretendía ingerir, entre los escasos víveres que aún le quedaban en la despensa.
Tan sólo sucumbía a la autocompasión en aquellos momentos en que salía a pasear sobre su yegua zaina, a la par que oteaba sus campos en estado de barbecho y sus villas tristemente abandonadas. Aunque pronto dejó de lado aquella costumbre tras encontrar un viejo ejemplar de philosophiam et alchymia entre las olvidadas pertenencias de su difunta abuela materna.
Aquel libro absorbió durante varios días toda su atención; pues contenía docenas de tratados sobre la preparación de unos procesos alquímicos que prometían unos resultados muy poco éticos, como la elaboración de venenos, diversos filtros de amor y la creación de un homúnculo, un ser capaz de obedecer a su creador mediante unas ordenes simples y sencillas.
–Si es posible crear a un ser obediente, mediante unos simples ingredientes, en cuestión de unos días volveré a ver mis tierras fértiles y bien cuidadas –reflexionó a media lectura –. Para comenzar crearé un sólo espécimen para comprobar su talante.
Y siguiendo las instrucciones de aquel desconcertante libro, no sin dificultades adquirió todos los ingredientes requeridos.
–El primer paso consiste en cavar una fosa poco profunda, para luego introducir en ella el saco de carbón que tomé prestado de la cantera –. Y tras finalizar la tarea, a escasos metros de su vivienda, exclamo... –¡Ya está! Ahora sólo tengo que esparcir sobre el saco un buen chorreón de mercurio y unos cuantos cabellos de mi propia barba, para luego cubrirlo todo con tres generosas paladas de los excrementos de mi yegua zaina. Si no surge ningún inconveniente, de aquí a cuarenta días se creará un ser viviente de entre toda esta inmundicia.
A lo largo de los cuarenta días de espera, sólo las moscas revolotearon alrededor de la fosa cubierta de excrementos, pues Flavio prefirió utilizar aquellos momentos para inspeccionar sus desérticas villas con la intención de encontrar un lugar donde acomodar a su futura servidumbre. Al amanecer del cuadragésimo día se personó frente a la fosa pestilente y espada en mano esperó hasta que advirtió un leve movimiento entre las heces.
–¿Quién anda ahí? –exclamó con actitud temblorosa.
No hubo respuesta. Aunque Flavio no tardó en advertir que una pequeña mano embarrada luchaba por salir a la superficie.
–¡Habla o de lo contrario te atravesaré con mi espada! –exclamó con mayor firmeza.
–¿Ma-má? –le preguntó la criatura que aún luchaba por salir de la fosa. Un ser antropomórfico cubierto de hez y barro por partes iguales.
–No soy tu madre, estúpido. ¡Soy tu amo! –le bramó al advertir que aquel ser tan sólo alcanzaba el tamaño de un crío pequeño.
–¿A-mo? –le preguntó el ser con extrañeza.
–Sí. Soy tu amo –insistió Flavio –. Así que te ordeno que dejes de formular preguntas estúpidas y que comiences a quitar las malas hierbas de mis tierras de inmediato.
Para exasperación de Flavio, el ser no daba muestras de haber comprendido las ordenes recibidas, pues sólo se limitaba a balancearse de atrás hacia adelante con actitud distraída. Y es que el ser tenía maneras de niño chico a pesar de tener la piel de arpillera, unos ojos negros como el carbón y un ridículo mechón de cabello oscilante en lo alto de su cabeza.
–Olvida lo que te he dicho, si es que aún lo recuerdas –cedió al fin con voz fastidiosa –. Aunque pienso asearte con mis propias manos, lo quieras o no, antes de que pongas un sólo pie en el interior de mi morada, ya que deberás de vivir allí conmigo hasta que obedezcas de una manera adecuada.
La piel de aquel ser sin nombre no fue la única en recibir el contacto de la fría agua del pozo durante los siguientes instantes; pues de igual manera que intentó eludir los cubos de agua que le lanzaba Flavio mientas pudo mantener las distancias, se abalanzó en más de una ocasión contra las piernas de su creador en busca de clemencia.
Para que se secaran sus ropas con celeridad, Don Flavio prendió unas ramas secas en la chimenea del hogar y se sentó en su silla preferida junto al fuego. Y mientras danzaron las llamas ojeó una vez más el viejo manual de alquimia en busca de algún error que hubiera podido cometer durante el ritual, ya que el pequeño ser de carbón y aspillera permanecía hecho un ovillo mientras dormitaba sobre el frío suelo.
Pasaron las horas sin que pudiera hallar una respuesta. Ni la menor insinuación que justificara el infantil comportamiento de aquella criatura; pues hasta aquel entonces la respuesta se había hallado aletargada en el interior del propio ser, pues al despertar comenzó a manifestar un comportamiento más maduro.
–Mi amo querido, debo de haberme quedado dormido. Le ruego que me perdone –le manifestó el ser de arpillera frotándose las manos con nerviosismo.
–Está bien. Quedas perdonado –contestó Flavio dejando a un lado el ejemplar de philosophiam et alchymia que aún sostenía entre sus manos –. Pero no te quedes ahí plantado como un pasmarote y haz algo de provecho. ¿Sabrías cocinar algún guiso que no requiera demasiados alimentos?
–Jamás he cocinado. Pero si usted me enseñara, yo podría...
–De acuerdo. Dejemos las labores gastronómicas para más adelante –replicó Don Flavio de forma contenida, pues aún recordaba que su preciado volumen de recetas alquímicas tan sólo garantizaba el cumplimiento de algunas ordenes sencillas por parte de aquel ser –. ¿Qué sabes sobre el cuidado de caballos?
–Nada, mi amo. Pero si usted me enseñara, yo podría...
–¿Y sobre el cultivo en los campos de labranza?
–Absolutamente nada, mi señor. Pero si usted...
–¿Pero tú sabes hacer algo más que hablar y dormir, pequeño mentecato? –le espetó Flavio con repentina indignación.
–Sé aprender, mi amo –contestó el ser de arpillera sin resentimiento alguno.
Durante el resto del día Don Flavio le mostró cómo debía sacar lustre a la cubertería de plata, a sus candelabros de bronce y a cualquier otro utensilio del hogar que hubiera sido forjado con algún metal noble. La tarea resultó apta para el pequeño ser tras finalizar escueto su aprendizaje, ya que al caer la noche todas las piezas de valor habían recuperado su esplendor.
–¡Pues no has hecho un mal trabajo al fin y al cabo! –sentenció Flavio tras admirar el candelabro recién lustrado que su nuevo sirviente había depositado sobre la mesa del salón durante la cena.
–Se agradecen sus palabras, mi amo –replicó el pequeño ser.
–¿Y dices que no sientes la necesidad de comer?
–Ciertamente, mi amo –le confirmó el pequeño ser con cierto orgullo –. Durante las horas que he permanecido junto usted, no he apreciado tal necesidad.
–¡Excelente! He de conseguir más mercurio y carbón para crear una buena camada de estos seres tan serviles –masculló Flavio para sus adentros –. ¿Quien sabe...? Quizá en un futuro no muy lejano consiga poblar mis tierras bajo la salvaguarda de mi propio ejercito.  
–¿Y ahora qué debo hacer, mi señor? –le preguntó el ser de arpillera tras verle yacer en la cama de su dormitorio.
–¡Ahora tienes que dormir, pequeño mentecato! –le espetó Flavio con voz adormilada, mientras le ofrecía la espalda bajo sus ropas de cama –. ¿Para qué crees que me he molestado en colocar esas mantas junto a mi cama?
–Es que ahora no tengo sueño, mi señor –le replicó el pequeño ser.  
–¡Pues apaga esa dichosa vela de una vez y haz como que duermes hasta que yo te permita hacer lo contrario! –le espetó Flavio de malas maneras.
Tan sólo transcurrieron un par de segundos antes de que una potente y cálida luz iluminara toda la estancia. Una luz que fue capaz de atravesar los gruesos parpados de Flavio, mientras en sus oídos arribaba un horrendo alarido de pavor y alarma.
–¡Se puede saber que demonios...! –comenzó a protestar mientras giraba sobre su cama, hasta que al fin advirtió que la manita diestra del pequeño ser estaba siendo devorada por las llamas.
–¡Amo! –gimió con una petición de súplica dibujada en su mirada.  
Antes de que Flavio pudiera reaccionar, las llamas ya habían transformado en ascuas el bracito del ser por completo.
–¡Por el amor de...! –exclamó Flavio mientras procuraba apagar el fuego con sus propias manos. Un intento desesperado que tan sólo le granjearía dolorosas quemaduras, pues ante sus atónitos ojos el pequeño ser acabó siendo engullido por las llamas.
–¡Amo! –consiguió gemir de nuevo su sirviente fiel, justo antes de adoptar la triste apariencia de una simple fogata.
Tras apagar con solemnidad las brasas, Flavio dejó entrar la brisa nocturna a través de la ventana con el fin de hacer desaparecer cualquier vestigio de humo y desesperanza.
–¿Pero cómo se ha podido prender fuego a sí mismo? –se preguntó mientras recogía del suelo el candelabro y la maltrecha vela que habían rodado por el suelo tras producirse el incendio.
En primera instancia sólo se le ocurrió dos métodos infalibles para apagar una vela; propinándole un fuerte soplido a su ardiente llama, o extinguiéndola sin reparos con los dedos indice y pulgar de una sola mano.
–Quizá el pobre desgraciado no poseía aliento y decidió jugarse la vida con tal de no desobedecer mi orden –logró cavilar ante su soledad, a la par que escudriñaba las quemaduras de sus manos –. Sólo a ese zopenco de carbón se le ocurriría jugar con el fuego de una vela; y sólo al estúpido de su amo se le ocurriría socorrerle con sus propias manos.
Tras vendar con torpeza sus heridas, Don Flavio regresó al amparo de su lecho e intentó dormir con la única esperanza de despertar de aquella horrenda pesadilla. Pero no lo consiguió en absoluto, pues en el interior de su propia habitación comenzó a manifestarse una serie de chirridos y crujidos de dudosa procedencia.
–¿Qué clase de alimañas osan perturbar mi sueño? –exclamó Flavio de mal humor.
Tras prender de nuevo la maltrecha vela, con la intención de disipar la oscuridad que le rodeaba, no halló ningún insecto o roedor entre aquellas cuatro paredes. De hecho no pudo hallar nada a su alrededor, pues la luminosidad de la oscilante llama se desvanecía incomprensiblemente a escasos centímetros de distancia.
–¡Amo! –le reclamó una voz grave desde la oscuridad, arrastrando aquella única palabra.
–¿Eres tú? –exclamó Flavio mientras lamentaba no haber bautizado a su peculiar sirviente con algún nombre decente –. ¡Habla ahora o cállate para siempre!
–¡Ya no tienes poder sobre mí! –le espetó la espectral voz con tono amenazante –. ¡No desde que me golpeaste mientras me consumían las llamas!

Flavio le hubiera querido decir que tan sólo le había tratado de salvar la vida, pero aquella densa y cruel oscuridad comenzó a oprimir cada centímetro de su cuerpo hasta hacerle fallecer, por lo que apenas logró emitir un leve suspiro. Tras ver completada su venganza, lo que otrora había sido el pequeño ser de carbón y arpillera emprendió el vuelo a través de la ventana, rumbo a algún lugar más allá de las estrellas.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Tesis Mortal

 Jamás hubiera imaginado que el profesor Joseph Gruber llegaría trascender de forma significativa en el devenir de mi existencia. Al ser descendiente de emigrantes alemanes, apenas solía dialogar con el alumnado más allá de las aulas como resultado de la inseguridad que le generaba su peculiar acento germánico. 
Aquella actitud le otorgaba la apariencia de un catedrático severo y reservado; pero cuando algún alumno conseguía atravesar aquella fachada de parquedad, podía hallar en él a un hombre soñador, gentil y cautivador. Como uno de esos iconos de cine que en cuestión de minutos podían conquistar a una dama, a la par que lograban ganarse el respeto de cualquier caballero. 
Yo mismo quedé atrapado en su red el día que me expuse ante su presencia para pedirle que fuera el tutor de mi tesis doctoral. Lo recuerdo perfectamente. Recuerdo que le abordé nada más salir del departamento de biología mientras las sombras se cernían sobre el campus universitario durante una fría tarde de otoño. 
–¿Y bien? –me preguntó cuando terminé de expresarle mis intenciones –¿Cual será el tema de su tesis? 
–Pues... –comencé a decir mientras intentaba reunir el valor para exponer mi propuesta –. La tesis consistirá en la unión de dos vertientes diferentes. El estudio exhaustivo de la memoria genética en combinación con la ley de conservación de la materia. 
–¿Y con ello qué pretende demostrar? –me preguntó para animarme a continuar. 
–Si mi teoría resulta cierta, podríamos demostrar que el mejor mensaje que la NASA puede lanzar al espacio, a modo de una cápsula del tiempo, es un fragmento de tejido celular de un individuo de nuestra propia especie. 
–¿Pretendes que la NASA lance un cadáver humano a los confines del universo con la esperanza de que un posible receptor conozca el mayor número de datos sobre nuestra existencia mediante una lectura celular? –me preguntó el profesor Gruber, mientras sopesaba las múltiples consecuencias de mi demanda. 
Aquella pregunta activó en mi mente la escena de una película en la que un hombre se despertaba horrorizado junto a la cabeza de un caballo, por lo que advertí que la integridad de mi propuesta se veía gravemente afectada. Fue el propio profesor Gruber quien pronunció las palabras que evitaron que iniciara un proceso de retirada. 
–Déjeme que medite su propuesta y en un par de días conocerá mi respuesta. 
Tras realizar aquella contestación, me dejó allí plantado con más dudas que certezas; aunque debo de admitir que fue ser fiel a su promesa, pues a mediados del segundo día una joven me entregó un sobre que contenía la siguiente respuesta: 

“Estimado Andrew J. Thomas, he meditado su propuesta con el mayor interés y, tras aplicar mis conocimientos en los fundamentos de la misma, he llegado a la conclusión que me resultará todo un reto personal. Si se cree capacitado para finalizar su tesis con mi ayuda, puede contar con ella por el bien de la institución y el resto del mundo académico. Para determinar un plan de estudios, reúnase conmigo en el aula 2B de la facultad de biología a las 17:30 del próximo Viernes.” 
Atentamente: Dr Joseph Gruber 
Aquella carta me devolvió el entusiasmo que necesitaba para iniciar cuanto antes mi proyecto, por lo que al día siguiente me personé frente al aula 2B antes de tiempo. Una vez que todos los alumnos abandonaron el aula, me introduje en su interior, intercambié un par de frases protocolarias con el profesor Gruber y comenzamos a discutir sobre las aulas y laboratorios que podríamos emplear bajo el influjo de nuestros ajustados horarios. 
Una vez aclarado aquel punto, acordamos que el profesor se haría cargo de proveer los productos y útiles de investigación, mientras yo comenzaría a recopilar toda la información relacionada con la lectura e interpretación de la memoria celular que cayera en mis manos. Fue una faena tediosa, pues muchos de los datos obtenidos eran réplicas de estudios anteriores con ínfimas variantes. 
A partir de aquel instante me dediqué a transcribir los datos obtenidos de una forma elocuente y ordenada en mis escasos momentos de soledad; o intentaba realizar algún proceso experimental en el laboratorio con la colaboración del profesor Gruber. 
Las primeras pruebas fueron bastante decepcionantes; por lo que el profesor fue desplazándome imperceptiblemente a un segundo plano. No me percaté de aquella situación hasta que comenzaron a surgir los primeros resultados positivos. Unos resultados que eliminaron cualquier posibilidad de protesta. 
Por cada día finalizado, mi interés por el proyecto se iba desvaneciendo de manera exponencial; hasta que el profesor Gruber me reveló, con intención de animarme, que había encargado a mis espaldas la construcción de un cohete espacial a un grupo de ingenieros del campus. Una revelación que me resultó increíble, pero que me animó a confesar que ya no sentía aquel proyecto como mio.
Ante tal revelación, el profesor me dedicó una sonrisa que pretendía ser comprensiva; pero que en realidad me estaba helando la sangre. 
–Es normal que te sientas alejado de tu propio proyecto. Los jóvenes perdéis el ímpetu al primer traspiés –me espetó sin el menor miramiento –. Pero no te preocupes, muchacho. Sólo te voy a pedir que me consigas un cadáver que nadie pueda reclamar, si realmente pretendes figurar los créditos ¡Anima esa cara, chaval, pronto tendrás tu tesis acabada al partícipe de mis logros!


Aquellas palabras cargadas de júbilo me hicieron perder la razón; por lo que me abalancé hacia él con la intención de exteriorizar todo el dolor de mi corazón en su cara. A partir de aquel momento no recuerdo nada más, pero intuyo que consiguió acabar con mi vida durante el forcejeo y escondió mi cadáver en algún lugar hasta que pudo introducirlo en esta nave. Una rudimentaria nave espacial que me permitirá descubrir los paisajes que me ofrezcan el universo hasta que sea encontrado por algún tipo de vida alienígena. 

martes, 30 de agosto de 2016

Tres son multitud

   –¡Madre, me voy al cine municipal con Asunción! –dijo Pelayo una vez arreglado. 
   –Pues haz el favor de llevarte a tu hermano, que tengo que ir a la peluquería a que me pongan los rulos y tu padre no llegará a casa hasta las diez –le exigió Dorotea sin esperar respuesta alguna. 
   Pelayo salió de su casa sujetándole la mano a su hermano y juntos caminaron hasta llegar al portal de Asunción; si no era la chica más guapa de la clase, sin duda era la más simpática. 
   Al salir del portal, Pelayo la descubrió radiante. Portaba unos zapatos de charol sobre unos calcetines blancos de encaje, una falda de color azul marino decorada con  coloridos estampados, un fino jersey a juego y una chaquetilla de punto blanca como la nieve. 
   El plan de besar a Asunción se sujetaba por un hilo que tal y como predijo Pelayo se cortó cuando el niño decidió sentarse entre ambos. A pesar de ello, cuando por fin se apagaron las luces y se puso en marcha el proyector, Pelayo extendió su brazo y logro depositarlo sobre el hombro de la muchacha con el fin de hacerle entender que nada ni nadie lograría interponerse entre
él y el amor de su vida.

                                                                                                    Por cortesía de: Fénix y Jordi Clavero

miércoles, 13 de julio de 2016

El Gran Genio del Mal

   Tras horas de fatigosa rutina, el Gran Genio del mal llega al fin a su hogar y se deja poner al corriente sobre los asuntos domésticos del día, al conversar durante varios minutos con los miembros de su familia. Una estratagema que le suele granjear unas cuantas horas de soledad frente a su ordenador personal. 
   Ya frente a la pantalla advierte que ha descendido dos posiciones en el ranking de los genios más malignos de habla hispana; por lo que maldice una y otra vez entre dientes y comienza a maquinar un nuevo plan de acción, que consiste en atacar furtivamente a aquellos genios de última generación que han logrado superarle. 
   Su primer objetivo es Pocojuntas83, una joven muchacha que al parecer se centra en contar historias autobiográficas de gran calado entre la mayoría de los usuarios; por lo que el Gran Genio del mal cierra la sesión de su cuenta habitual y abre la sesión de su cuenta para casos de emergencia. 
   No tarda en entrar en el ultimo post de Pocojuntas83 y le endilga sin compasión una valoración de una estrella sin apenas ojear el relato. No tiene excusa para ejecutar tal castigo, por lo que no se molesta en dejar ningún comentario. 
   La segunda víctima es As de Picas, un usuario que el Gran Genio del mal no tarda en catalogar como un “pelotas” sin talento alguno. 
   Nada más entrar en su último post puede advertir que se trata de un pequeño relato plagado de onomatopeyas flanqueadas por exclamaciones y puntos suspensivos. Un relato fácil de batir, pero que muy pocos pondrían en tela de juicio al ser la creación de un autor con cierto carisma; por lo que el gran genio del mal lo castiga con una estrella de esquinas hirientes y un comentario aún más afilado. 
   Pocojuntas83 no tarda en mostrar su indignación, pues ya ha preguntado al resto de usuarios el motivo por el cual la gente actúa de una forma tan ruin y despreciable; por lo que el Gran Genio del mal cierra sin titubear la sesión e ingresa de nuevo con su cuenta habitual para responderle de manera sincera: Porque es más fácil destruir que crear. 

jueves, 23 de junio de 2016

Un aquelarre singular

Cuando la pareja de agentes recibió el aviso desde la central, no podían dar crédito a la denuncia interpuesta. Ursula, la anciana chiflada del pueblo había vuelto a llamar por teléfono, alegando que docenas de personas se habían reunido al otro lado de la colina para celebrar un aquelarre. Una de aquellas reuniones de hechiceros y brujas que solían surgir del imaginario de algunos autores malditos como el mismísimo Poe, Lovecraft y otros tantos que se veían reflejados en ellos.
Ya desde la distancia se podía vislumbrar la titilante luz que coronaba la cumbre de la colina, haciendo retroceder la oscuridad de la noche más corta del año. Una luz que les servía de faro para poder ejercer con presteza sus propósitos; llegar a la cumbre por la cara menos iluminada de la colina y otear desde cierta distancia lo que allí abajo estaba sucediendo.
Tras estacionar el vehiculo policial al término del asfalto, los agentes comenzaron a ascender la colina linternas en ristre, procurando esquivar la maleza punzante que no paraban de hallar a su paso al caminar. Ya a mitad de camino se podía percibir el olor a pólvora quemada, acompañado por el singular sonido del crepitar de la leña ardiente y la algarabía producida por aquellas gentes que pronto serían juzgadas bajo el escrutinio de los agentes.
Al llegar a la cima, sus ojos pudieron contemplar lo que sus mentes ya sabían de antemano; se trataba de una majestuosa hoguera construida con palés rotos y muebles viejos, rodeada por hombres ebrios, jóvenes descamisados y mujeres ligeras de ropa para aquellas horas nocturnas. Ninguno daba muestras de amilanarse ante la atenta mirada de los agentes; pues el que no reía y danzaba sin parar, bebía y charlaba.
–¿Les endilgamos una multa por hacer botellón? –le preguntó uno de los patrulleros a su compañero
–Quita, quita. Me parece que aquel que baila medio en bolas es mi padre.

domingo, 24 de abril de 2016

Perros de Fuego (leyenda urbana)


   Hace ya unas décadas vivía una mujer en compañía de su única hija en la calle Pardo Bazán número seis de Sabadell. Una vivienda que durante el día no tenía nada de particular, pero que al llegar la noche resultaba imposible ignorar los múltiples ladridos que surgían del interior de uno de sus armarios empotrados. 

   Si los misteriosos ladridos asustaban a la mujer ya de por sí, más le asustaban los extraños dibujos que realizaba su hija; pues la niña solía dibujar unos perros envueltos en llamas. 
   –Los perros tienen sed –le informó una noche la cría, mientras la mujer le arropaba dulcemente en la cama. 
   La mujer ignoró a la cría y unas horas más tarde surgieron sin falta los misteriosos ladridos, que por vez primera cesaron casi en el acto. La mujer, irremediablemente despierta, sintió curiosidad y se levantó de la cama para averiguar el motivo de aquel cese repentino; por lo que pronto localizó a su hija frente al armario, derramando voluntariamente un gran vaso de agua en el suelo. 
   –¿Ves como los perros tenían sed? –le dijo la cría con suficiencia. 
   La mujer no fue capaz de articular palabra, tomó a la niña en brazos y la acostó de nuevo en la cama. A causa del pavor no fue capaz de esperar a la mañana siguiente para intentar contactar con su hermano a través del teléfono. Tras pedirle ayuda, él le recomendó que aceptara la visita de un amigo interesado en asuntos paranormales. 

   El amigo jamás llegó, pero sí acudió a la cita el hermano junto a dos improvisados ayudantes. Las presentaciones fueron las justas, pues pronto despejaron la mesa del comedor para experimentar con una tabla de ouija; dando como resultado un claro mensaje “Fuera”. 

miércoles, 17 de febrero de 2016

Sin saber qué hacer


Nada más llegar a casa, dejo mis llaves sobre la mesita del recibidor, enciendo el televisor de plasma y me siento en el sofá. Comienzo a cambiar de canal sin hallar ningún concurso, película o documental que capte mi interés. Mi mujer siempre solía elegir sus programas favoritos.
Me levanto del sofá, voy a la cocina y abro la nevera para ver lo que hay; al cabo de unos instantes la cierro sin coger nada de su interior.
Salgo de la cocina, me dirijo al cuarto de baño y me bajo los pantalones con la esperanza de poder evacuar. Menos mal que siempre tengo una revista a mano, pues he podido ojearla por completo antes de expulsar un misero pedo.
Me levanto del retrete, me subo los pantalones y regreso a la cocina. Abro la nevera para ver lo que hay y al cabo de unos instantes la cierro sin coger nada de su interior.
Salgo de la cocina y atravieso el salón para observar las vistas desde la ventana. Son las tres de la tarde de un Domingo; por lo que no hay ni un alma vagando por las calles y sólo me puedo conformar con observar los tejados de las viviendas cercanas. Unos tejados con antenas a modo de metálicas cornamentas que me recuerdan la decoración de mi cabeza con la inestimable firma de mi mujer.
Entro al calor de la vivienda para regresar a la cocina y abro la nevera para ver lo que hay. A estas alturas me lo sé de memoria. Hay embutido, unos tomates, tres cebollas, cuatro huevos, una botella de leche y la cabeza de mi mujer sobre una preciosa bandeja plateada. El resto de su cuerpo ocupó por completo los cajones del congelador.

martes, 9 de febrero de 2016

Venganza en la Granja


El día que mi amo me dejó a cargo de la vigilancia de sus tierras, fue el primer y el último día que se dignó a dirigirme la palabra. Cuando no estaba demasiado ocupado con las labores agrícolas, se ausentaba durante horas o permanecía sentado en el porche con algún miembro de su familia.
Su mujer solía observarme con recelo, mientras sus hijos me mantenían la mirada con sus grandes ojos burlones y sus sonrisas bobaliconas. Los odiaba. Ahora sé que no tenía derecho a hacerlo, pero los odiaba de verdad.
No sé cuanto tiempo hubiera sido capaz de aguantar bajo aquellas circunstancias; pues una tarde de otoño mi amo le regaló una escopeta a su primogénito, desencadenando la tragedia que aconteció unas horas más tarde. Padre e hijo practicaron puntería utilizando como blanco una lata de refrescos; pero mi amo pronto se cansó de disparar y regresó al calor del hogar, mientras que el crío ya había decidido su nuevo objetivo.
El primer disparo atravesó la pernera izquierda de mi pantalón y el segundo hizo brotar una parte del contenido de mi pecho. Poco faltó para que el tercer proyectil me volara la cabeza y el cuarto nunca llegó, pues su madre le llamó para que se lavara las manos antes de cenar.
Cuando la mujer me miró, no hubo drama por mis prendas rotas, ni por mi pobre cuerpo maltrecho. Tan sólo hubo risas en forma de graznidos por parte de los cuervos.
Al caer la noche llegó el agua en forma de lluvia y las aves se marcharon que buscar cobijo; por lo que la triste sensación de abandono crecía en mi interior, desatando la ira contenida. Una ira que me dio fuerzas para librarme de los tablones de madera que me habían mantenido crucificado durante tanto tiempo.
Tras dar mis primeros pasos, caí de rodillas contra el suelo permitiendo que el barro formado por la lluvia se adhiriera en mis maltrechos pantalones. Me puse en pie y me dirigí con mi torpe caminar hacia el granero, donde tomé la guadaña de mi amo y proseguí caminando hasta el interior de la granja, donde decapité con sigilo y sin piedad a todos sus inquilinos.
Cuando el cartero llegó junto al buzón de la linde del camino, halló a este desdichado espantapájaros con sus ropas manchadas de barro y sangre en lo alto de su cruz; y una terrible escena en el interior de la vivienda que sin duda le hizo vomitar.

sábado, 23 de enero de 2016

La bilocación de Clara

(ADVERTENCIA: Para entender la totalidad de este relato, es necesario conocer la naturaleza del personaje principal. Es por eso le recomiendo que pinche aquí tras la lectura https://es.wikipedia.org/wiki/Doppelg%C3%A4nger)

Conocí a Clara a través de la novia de un amigo durante una cena informal. Sólo bastaron un par de miradas para quedarme prendado de ella, pues sus labios eran deliciosamente carnosos y sus ojos de color miel.
La pareja no escatimaba en elogios al hablar constantemente de ella, mientras la joven intentaba mostrarse humilde esgrimiendo excusas torpes. Pero de humilde tenía bien poco, pues provenía de una familia adinerada que le había educado entre algodones y clases de violín.
Por fortuna supe ganarme su confianza entre plato y plato, por lo que no tardé en obtener su número de teléfono para concertar una futura cita. La primera vez que logré contactar con ella se mostró confusa a la par que sorprendida, pero mis años de galán dieron sus frutos y finalmente conseguí que accediera a participar en un breve encuentro.
Todo estaba bajo control. La noche era exquisita mientras yo la esperaba en un banco cercano a un grupo de arbustos para evitar visualizar su prolongada llegada. Tras un recibimiento formal, le obsequié con una chuchería de noble metal.
El regalo era realmente caro; pero mis años de experiencia me habían enseñado que para cazar un ratón, tenía que renunciar a un pedazo de queso. Gracias a aquel regalo conseguí llevar a Clara hasta mi apartamento, donde le hice el amor antes de maniatarla y le fijara los pies mediante un gran zapato de hormigón para que no se me escapara.
–¿Qué quieres de mí? –me preguntó cuando se recuperó del efecto del formol.
–Tu vida le contesté sin vacilar –. Pero antes necesito saber todo sobre ti.
Al principio le costó razonar, aunque pronto comprendió que las agresiones sólo se volverían a repetir en los momentos en que ella no estuviera dispuesta a cooperar. Tan sólo le ataba las manos y la amordazaba cuando yo no podía estar presente, y le acercaba un cubo de agua tibia junto con una esponja con cierta regularidad. En cuanto a su alimentación, le premiaba con exquisitos manjares siempre que me contaba cosas interesantes de su vida.
–Fernando, déjame marchar y te prometo que jamás le contaré a nadie lo que ha ocurrido entre nosotros –me suplicó cierto día que me creyó de buenas.
–Mi nombre no es Fernando –le contesté mientras adoptaba una vez más su apariencia –. Mi verdadero nombre es Doppelgänger.

jueves, 21 de enero de 2016

Dimensión 666


Ante la extraña sensación de ingravidez que experimenta todo mi cuerpo, consigo abrir los ojos y presiento sin ver que me hallo flotando en algún lugar del cosmos o entre las oscuras aguas de una zona abisal. Inspiro procurando girar a mi alrededor; expiro, nada altera mi situación.
Me pregunto si hay más gente como yo en este lugar, por lo que grito una corta petición de ayuda sin llegar a oír mi voz. Sin duda debo estar volviéndome loco, pues estoy convencido que un ser descomunal me acecha en la oscuridad, mientras proyecta en mí un odio infinito. Inspiro y tiemblo a causa del terror; expiro, nada altera mi situación.
La criatura no se decide a atacar, aunque su constante amenaza me comienza a fatigar. Al parecer el tiempo no transcurre ni se detiene en este lugar; tan sólo flota, al igual que yo, en la inmensa oscuridad. Inspiro mientras me embarga la frustración; expiro, nada altera mi situación.
Sin previo aviso noto una superficie extremadamente fría en mi espalda, mientras una luz cegadora enturbia mi mente. Creo estar tumbado, por lo que me incorporo de repente. Inspiro sin saber donde estoy; expiro, me pregunto quién soy.
Sin duda me hallo en un quirófano iluminado por un potente foco lacerante. En ausencia del personal sanitario, inspecciono mi cuerpo durante un instante. No hallo vendas, cicatrices, tubos ni vías; por lo que tan sólo pienso en salir de aquí, ya sea de noche o de día.
Consigo unir los lazos de la parte superior de mi bata mediante un sencillo nudo, aunque fracaso al hacer lo mismo con los lazos inferiores, por lo que me resigno al tener que mostrar mi trasero a todo aquel que se cruce por mis alrededores. Inspiro y salgo de la habitación; expiro, nada altera mi situación.
Tras hallar la sala de espera desierta, continuo caminando hasta llegar frente a las puertas de los ascensores. Estos parecen tener vida propia, pero al abrirse una de sus puertas, me introduzco en su interior y permito que este me transporte. Inspiro y abandono el ascensor; expiro y me hallo en la planta inferior.
Atravieso el vestíbulo sin encontrarme con nadie, pero a través de la puerta de cristal, entreveo el caminar de los viandantes. La puerta se abre ante mi presencia, aunque me detengo tras advertir que todos los peatones llevan prendas dignas de la clase política, cargos corporativos o magnates. Inspiro y observo a un crío que va vestido con un traje de comunión; expiro, me aproximo a una mujer que viste traje pantalón.
Intento comunicarme con ella tras tomarle por un brazo. De mi boca no surge sonido alguno y la mujer se zafa de mi presión para proseguir su camino a buen paso. Inspiro mientras me ahoga la desesperación; expiro, alguien llama mi atención.
Se trata de un hombre de frente despejada y traje negro que se interpone ante el primer vehículo que veo circular por la calzada; este me mira mientras leo en sus labios “No importa, ya estamos muertos” y el automóvil le atraviesa como si fuera un fantasma. Antes de que pueda pestañear, su cuerpo se congela por completo y estalla en mil pedazos, por lo que inspiro con fuerza a causa de la impresión; expiro, continuo con la exploración.
A menos de tres manzanas localizo una tienda de ropa, entro en ella y me sitúo frente a la dependienta. La mujer me ignora por completo, así que tomo entre mis manos uno de aquellos trajes negros y me enfundo con él sin importarme su presencia. Inspiro y doblo en tres partes mi viejo camisón; expiro y pago con él mi nueva adquisición.
Durante mi deambular procedo de la misma forma en una tienda de zapatos, pues su supuesto dependiente también formaba parte del decorado. Me cuesta imaginar qué nos deparará el futuro tras este tipo de existencia, mientras procuro avanzar lo más rápido que puedo en total línea recta. ¿Edificios vacíos y un montón de gente deambulando por las aceras es todo lo que nos espera?
He de tener mucho cuidado al cruzar hacia la otra acera, pues los automóviles de este lugar circulan sin ningún conductor ni pasaje a pesar de que parecen respetar las señales viarias. Los viandantes son otro cantar, pues caminan casi sin ver y te arroyan sin querer. Inspiro mientras atravieso un callejón; expiro y esquivo por los pelos a otro peatón.
Llego a una zona donde se incorporan al paisaje unos insectos gigantescos que trepan por las paredes de los edificios sin cesar. Están provistos de cuatro largas patas y unas alas diminutas que sólo les permiten planear. “No les mires” me previene una voz desde el interior de mi mente, por lo que continúo caminando con la vista puesta al frente mientras inspiro al esquivar a un insecto planeador; expiro, nada altera mi situación.
A cada paso encuentro menos peatones y más insectos por las inmediaciones; hasta que un hombre tropieza con el filo de una baldosa suelta y cae al suelo mientras varios insectos comienzan a planear hacia su dirección. Los demás viandantes continúan su camino sin la menor expectación, mientras tanto yo intento evitar la masacre al tenderle la mano para que se ponga en pie y reanude su caminó hacia cualquier dirección. Me temo que he reaccionado demasiado tarde; pues uno de aquellos insectos se ha posado en su pecho y le ha clavado el aguijón que le congela al instante y le hace estallar en mil pedazos. Yo soy su próximo objetivo e inspiro y evalúo la situación; expiro...
Ante la extraña sensación de ingravidez que experimenta todo mi cuerpo, consigo abrir los ojos y presiento sin ver que me hallo flotando en algún lugar del cosmos o entre las oscuras aguas de una zona abisal...

domingo, 3 de enero de 2016

Realidad Digital

–¿Cómo que llegarás tarde? –le pregunto su mujer a través del celular –. ¡No puedes llegar tarde a la fiesta de cumpleaños de tu sobrina!
–Lo siento mucho, cariño –respondió Alfonso mientras su auto avanzaba lentamente por el carril central de la autopista –. Ha ocurrido un accidente y se ha producido un atasco que apenas me permite avanzar un metro cada minuto. Dile a mi hermana que me guarde un trozo de tarta.
Tras varios segundos de silencio desde el otro lado del aparato, descubrió que el teléfono no recibía señal alguna.
En circunstancias normales habría llegado en cuestión de unos minutos a su destino, pero a causa de la situación dada se demoró más de media hora, pulsó el timbre de la vivienda y ensayó su mejor mueca lastimera.
–¿No decías que ibas a llegar tarde? –le preguntó su hermana pequeña nada más abrir la puerta.
–¿Cómo? –preguntó Alfonso a causa de la confusión, pues pudo comprobar que las botellas de bebidas y las bandejas de canapés estaban aún sin estrenar –¿No habéis querido comenzar la fiesta sin mí?
–¡Pero cómo va ha empezar, si sólo has tardado cinco minutos en llegar! –le abordó su mujer, mientras le oprimía los carrillos con ambas manos a modo de reprimenda.
La fiesta de cumpleaños comenzó con total normalidad, aunque Alfonso no paraba de buscar en su mente una explicación lógica al desfase temporal experimentado. Sentía la necesidad de fumar, pero desde hacía meses sólo podía hacerlo a espaldas de su mujer; por lo que utilizó una excusa para ir a buscar en plena noche un cajero automático para sacar dinero y pagar con él un paquete de tabaco.
La primera máquina expendedora que encontró le ofreció con total normalidad el billete deseado; pero al querer guardarlo en su cartera, halló otro billete del mismo valor. Un billete con el que no contaba. Un billete que de ninguna manera debía estar en su posesión.
En el bar de la esquina compró un paquete de Fraisal Best y se fumó dos cigarrillos seguidos. Y aunque apenas lograron calmar su desasosiego, regresó junto a su familia hecho un manojo de nervios.
–Cariño, tienes mala cara –le informó su mujer –. ¿Quieres que regresemos a casa?
Alfonso negó repetidas veces con la cabeza; pero ante la presión de sus familiares, le entregó las llaves del auto a su mujer.
–Vamos, cielo. Cuéntame que te ocurre –le insistió ella mientras manejaba el volante.
Alfonso le explicó sus temores durante el trayecto; y al llegar al hogar, buscó refugió entre las sábanas.
–¿Te imaginas que fuéramos el producto de una mente perversa? –le preguntó su mujer mientras yacía tumbada a su lado.
–¿Y si fueramos el resultado de una simulación fallida? –replicó Alfonso mientras acariciaba el cuchillo que previamente había escondido bajo su almohada.

domingo, 13 de diciembre de 2015

El capitán Frederick III


Vigésimo tercer día de navegación desde que zarpamos desde el puerto de la Habana. El mar permanece en calma y la tripulación holgazanea en cubierta entre sus constantes disputas, mientras yo, Jack Frederick III, observo distraídamente mis estimados mapas de navegación, permitiendo que el clima temple la humeante taza de café que espera ser ingerida.
No puedo evitar alzar el meñique al llevar hasta mi boca aquel oscuro brebaje, pero no me importa. Mi entorno social siempre lo ha considerado un símbolo de distinción.
Dejo que el fluido recorra lentamente mis entrañas, aunque me detengo al notar que algo sólido se ha posado plácidamente en la parte superior de mi lengua. De primeras creo que es parte del poso del café y lo escupo sobre mi mano; pero de un sólo vistazo descubro horrorizado que es el grotesco cadáver de una mosca.
Entre arcadas hago llamar al cocinero, el cual no me sugiere ninguna explicación de cómo ha ido a parar aquel animal en un barco que navega durante días en alta mar. Pero no es la náusea lo que me dicta hacerlo azotar, sino el mal augurio que la mosca muerta representa.
Desde entonces no me atrevo a salir de mi querido camarote. Sólo permito la ocasional visita de mi contramaestre, el cual me recomienda que me deje ver por la tripulación al menos una vez al día. Ignoro su sugerencia.
En cada visita se muestra más nervioso que la vez anterior, por lo que cada vez detesto más su presencia.
Finalmente ha ocurrido lo que tanto temía. Una gran parte de la tripulación ha entrado en mi camarote contra mi voluntad y me acusan de haber perdido la cordura. Me elevan por encima de sus cabezas y me sacan a la fuerza con el beneplácito de mi único confidente.
Ya en cubierta, y tras rezar por mi alma, el contramaestre da la orden y el grupo de marineros que me sostiene me deja caer por la borda; por lo que ahora me hallo flotando sobre las frías aguas del oceano, como la mosca que el cruel destino quiso que flotara en mi taza de café.

jueves, 15 de octubre de 2015

Una noche lluviosa cualquiera


En aquel momento de incredulidad, me pregunté por qué mi automóvil me obligaba a mirar hacia la inmensa oscuridad que reinaba más allá del pavimento de la carretera. La lluvia seguía tamborileando contra la carrocería, al igual que en los minutos anteriores cuando aún me dirigía hacia mi domicilio tras finalizar una jornada laboral intensa; pero por algún motivo que no lograba recordar, mi auto se hallaba detenido en aquel lugar y en aquella posición tan poco prometedora.
Poco a poco comencé a recordar cómo dos esferas luminiscentes que se habían dirigido hacia mi posición, justo en el instante en que el vehículo dejaba de obedecer mis instrucciones. Las esferas se tornaron dos potentes haces de luz que me cegaron sin piedad y mi auto sufrió una estruendosa sacudida que provocó que todo a mi alrededor comenzara a girar como si estubiera inmerso en una funesta pesadilla.
Sin duda estaba tratando de negar la realidad, pues en el fondo sabía que mi automóvil había sufrido un fuerte impacto al chocar contra el vehículo que circulaba por el carril del sentido contrario.
Nada más exponerme bajo la lluvia, me obligué a ignorar los daños sufridos en mi propio automóvil y me dirigí hacia el otro vehículo para interesarme por el bienestar de sus ocupantes. Se trataba de un auto de gama alta que a priori parecía estar en buen estado; pero al aproxiarme a la ventanilla del conductor reparé en que la zona del guardabarros estaba completamente aplastada y que el eje delantero debía estar destrozado, pues la rueda de aquel costado reposaba en un ángulo de unos treinta grados respecto al suelo.
A través de la ventanilla hallé al conductor, que parecía haber perdido el conocimiento o algo peor. Intenté abrir cada una de las puertas para acceder a su interior, pero todas permanecían bien cerradas; así que busqué desesperadamente una piedra de gran tamaño para romper el cristal de alguna puerta, quitar el seguro y así poder asistir al fin a aquel hombre.
Renuncié a la búsqueda al llegar un coche patrulla de la policía y corrí hacia los agentes que salían de su interior. Ignorando mis balbuceos, los dos agentes decidieron tomar caminos separados para inspeccionar cada uno de los vehículos siniestrados; por lo que caminé tras los pasos del agente que se dirigía hacia mi auto, mientras insistía en decirle que no hacía falta inspeccionarlo, pues no hallaría a nadie en su interior y que más le valdría socorrer cuanto antes al otro conductor.
Estaba completamente equivocado. Juntos hallamos lo que otro hora había considerado mi cuerpo, aunque no podía comprender por qué podía contemplar aquella escena desde mi perspectiva.
Mientras el agente accedía al interior de mi auto, las piezas comenzaron a encajar en mi mente, dando un nuevo sentido a mi estado de confusión y al hecho de que los agentes me hubieran ignorado de aquella manera tan contundente. Tras comprobar la ausencia de constantes vitales en mi cuerpo inerte, el agente se reunió con su compañero y gracias al intercambio de información que mantuvieron pude saber que el otro conductor continuaba con vida.
Al llegar los sanitarios, los agentes se hicieron a un lado para no molestar y junto a ellos pude observar como conseguían extraer el cuerpo inerte del otro conductor del interior de su vehículo y lo colocaban en una camilla con suma eficiencia. La lluvia caía sobre el impasible rostro del moribundo, mientras un sanitario le colocaba una mascarilla de respiración asistida. Tras cubrir al moribundo con una gruesa manta, el resto de los sanitarios le trasportaron hasta el interior de la ambulancia sin que yo supiera a qué hospital pretendían llevárselo. Sólo podía observar como la ambulancia era conducida más allá de la siniestra oscuridad, con todas mis esperanzas puestas en que aquel hombre sobreviviera a sus heridas. Aún no estaba preparado para confesar al espíritu de aquel hombre que el accidente había sucedido por mi culpa, por no haber respetado el limite de velocidad. 

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Llantos entre Tinieblas




Rull odiaba el invierno como sólo un ghoul podía odiar un invierno cualquiera. Y es que los ghouls suelen odiar muchisimas cosas; como pasar frío, el crujir de la nieve al ser compactada bajo sus patas traseras y el tener que buscar algo para llevarse a la boca cuando todos los animales del bosque dormitan en sus madrigueras.
Si hubiera podido elegir, hubiera preferido encontrar el cadáver de un ser humano de edad adulta; pues no sólo le resultaría todo un manjar, si no que también le proporcionaría alguna prenda de vestir y algún que otro objeto brillante para su colección.
Por desgracia no ululaban los vientos a favor de los ghouls, pues los seres humanos habían tomado por costumbre prolongar su esperanza de vida de una forma alarmante. Atrás habían quedado los tiempos en que se podía merodear por cualquier cementerio rebosante de cadáveres. Atrás habían quedado los tiempos en que se podía elegir entre aquellos funestos menús.
Rull era un depredador perezoso; pues prefería que la muerte se llevara el alma de sus victimas, antes que tener que perseguir una presa de corazón latiente. Por eso, cuando encontró a una niñita rubia de aspecto febril y con la carita llena de mocos en mitad del bosque, se ocultó entre unos matorrales cercanos y esperó a que falleciera por sí misma.
Pero la niñita parecía aferrarse a la vida como el más bravo de los guerreros; por lo que perdiendo la paciencia caminó hacia ella con sigilo, la tomó entre sus zarpas delanteras con sumo cuidado y se la llevó a su madriguera.
Lejos de fallecer, la niñita parecía recuperarse al calor de aquel refugio; por lo que Rull comenzó a deambular de un lado para el otro ante la atenta mirada de la cría.
La niña no emitió sonido alguno mientras lloraba, ni clamó a los cuatro vientos su derecho a ser rescatada; por lo que Rull estaba completamente perplejo. Hubiera podido desgarrar su yugular de un sólo bocado, estrangularle o arrancarle el corazón de un sólo zarpazo; pero sin saber muy bien por qué, decidió tumbarse en su lecho de hojas mustias y al cabo de varios minutos fingió estar profundamente dormido.
Cuando la niñita al fin se marchó derrochando cautela, Rull se incorporó lentamente de su lecho y emitió un prolongado lamento similar a una sonora risotada.

viernes, 20 de marzo de 2015

La Torre de Marfil

Como cada mañana al despertar, Don Jacinto contempló durante unos instantes la fotografía de su difunta esposa que reposaba sobre la mesita de noche; y tras reunir las energías necesarias, se calzó los pies con sus viejas zapatillas, se puso en pie y se refugió bajo un grueso batín de cuadros escoceses.
Tras unos minutos de trajín en la cocina, se sirvió un sencillo desayuno que consistía en un pedazo de pan, un par de lonchas de embutido y un vaso de leche, que más tarde le ayudaría a ingerir la medicación matutina.
–¡Me cago en diez! –exclamó con la boca llena –¡Este pan no sabe a nada! –. y tras conseguir ingerir el contenido de su boca, añadió –¡Es que no hay derecho!, ¡Esta gentuza del gobierno se han empeñado en prologar nuestra existencia a base de rebajar nuestra calidad de vida!
Como aquel arranque de mal humor formaba parte de su vida cotidiana, terminó de desayunar con desgana y se dirigió hacia la terraza de la vivienda, ya que disfrutar de las vistas solía calmarle los ánimos de igual manera que el mejor de los fármacos.
El mayor atractivo del paisaje consistía, según Don Jacinto, en un edificio ubicado en las afueras de la ciudad, que sobresalía del resto de edificios al igual que los campanarios de las iglesias cercanas. Una gran mole construida con materiales cálidos, que a diferencia de aquellos templos religiosos, el anciano no conocía el motivo por el cual había sido edificada.
A pesar de la permanente incógnita, la visión de aquel edificio solía proporcionarle cierto bienestar. Aunque aquel día resultó ser muy diferente a todos los demás, pues en aquel momento sintió la imperiosa necesidad de conocer el cometido por el cual había sido construido; así que no tardó en regresar al calor del hogar para realizar los preparativos oportunos para personarse en aquel extraño lugar.
Necesitó tomar el transporte de línea y caminar varias manzanas antes de hallarse frente al edificio, que, desde sus inmediaciones, no le resultaba ni tan bello ni tan cálido como siempre le había parecido desde la distancia. Frustrado, al no hallar indicio alguno de lo que podría albergar en su interior, se introdujo en él por la puerta principal.
De repente se encontró ante una amplia recepción de blancas paredes, decorada con un mobiliario de idéntico color. Camuflada entre tanta blancura, una joven recepcionista se descubrió ante el anciano al ir a atenderle.
–¿En qué podríamos ayudarle? –le preguntó con voz serena.
La presencia de la mujer hizo desaparecer todo el ímpetu de Don Jacinto, haciendo inapropiada cualquier pregunta descortés, por lo que al pobre anciano no le quedó más remedio que improvisar.
–Me preguntaba si podría subir a la azotea para contemplar las vistas. Seguro que son esplendidas.
La mujer no mostró signos de sorpresa tras recibir tan singular petición, al contrario, le obsequió con una amplia sonrisa antes de hablar.
–Con sumo gusto le complaceremos. Aunque primero deberá acompáñeme hasta el mostrador, pues tendrá que rellenar nuestro formulario para oficializar la ocasión. Mientras tanto llamaré a uno de nuestros empleados para que le haga de guía.
Apenas pudo leer el formulario antes de tener que entregárselo completado, pues no tardó en llegar un hombre vestido de blanco y de rasgos refinados que le condujo hasta un ascensor que los llevaría directamente a la azotea.
Una vez en el exterior, mientras Don Jacinto contemplaba las vistas con regocijo, unos operarios colocaron a escasos metros un par de tumbonas y una mesa plegable culla superficie no tardaron en cubrir con múltiples delicias gustativas.
–¿Desea algo de comer? –le preguntó su guía.
–No, muchas gracias –le respondió Don Jacinto.
–¿Un poco de vino o una copa de champán, quizá? –insistió su estirado acompañante.
–Un vasito de vino, por favor –aceptó el anciano, sorprendido por todo el despliegue de atenciones recibidas.
Sin previo aviso comenzó a sonar una suave y dulce melodía a través del conjunto de altavoces que habían dispuesto los fornidos operarios por toda la azotea, la cual no tardó en inquietar al pobre anciano.
–Creo que ya va siendo hora de marcharme –anunció Don Jacinto, deseando que su guía no le pusiera ningún reparo.
–Por supuesto. Túmbese un rato, si lo desea, pues calculo que en unos minutos ya se habrá marchado –le sugirió su acompañante, señalando la tumbona más cercana.
El anciano, confuso por la extraña sugerencia, dejó su copa de vino sobre uno de los posavasos que encontró sobre la mesa, en los que rezaba el siguiente mensaje: “Centro de eutanasia Torre de Marfil. Decida con nosotros cuándo y cómo abandonar este mundo”