miércoles, 2 de septiembre de 2015

Llantos entre Tinieblas




Rull odiaba el invierno como sólo un ghoul podía odiar un invierno cualquiera. Y es que los ghouls suelen odiar muchisimas cosas; como pasar frío, el crujir de la nieve al ser compactada bajo sus patas traseras y el tener que buscar algo para llevarse a la boca cuando todos los animales del bosque dormitan en sus madrigueras.
Si hubiera podido elegir, hubiera preferido encontrar el cadáver de un ser humano de edad adulta; pues no sólo le resultaría todo un manjar, si no que también le proporcionaría alguna prenda de vestir y algún que otro objeto brillante para su colección.
Por desgracia no ululaban los vientos a favor de los ghouls, pues los seres humanos habían tomado por costumbre prolongar su esperanza de vida de una forma alarmante. Atrás habían quedado los tiempos en que se podía merodear por cualquier cementerio rebosante de cadáveres. Atrás habían quedado los tiempos en que se podía elegir entre aquellos funestos menús.
Rull era un depredador perezoso; pues prefería que la muerte se llevara el alma de sus victimas, antes que tener que perseguir una presa de corazón latiente. Por eso, cuando encontró a una niñita rubia de aspecto febril y con la carita llena de mocos en mitad del bosque, se ocultó entre unos matorrales cercanos y esperó a que falleciera por sí misma.
Pero la niñita parecía aferrarse a la vida como el más bravo de los guerreros; por lo que perdiendo la paciencia caminó hacia ella con sigilo, la tomó entre sus zarpas delanteras con sumo cuidado y se la llevó a su madriguera.
Lejos de fallecer, la niñita parecía recuperarse al calor de aquel refugio; por lo que Rull comenzó a deambular de un lado para el otro ante la atenta mirada de la cría.
La niña no emitió sonido alguno mientras lloraba, ni clamó a los cuatro vientos su derecho a ser rescatada; por lo que Rull estaba completamente perplejo. Hubiera podido desgarrar su yugular de un sólo bocado, estrangularle o arrancarle el corazón de un sólo zarpazo; pero sin saber muy bien por qué, decidió tumbarse en su lecho de hojas mustias y al cabo de varios minutos fingió estar profundamente dormido.
Cuando la niñita al fin se marchó derrochando cautela, Rull se incorporó lentamente de su lecho y emitió un prolongado lamento similar a una sonora risotada.

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