martes, 9 de febrero de 2016

Venganza en la Granja


El día que mi amo me dejó a cargo de la vigilancia de sus tierras, fue el primer y el último día que se dignó a dirigirme la palabra. Cuando no estaba demasiado ocupado con las labores agrícolas, se ausentaba durante horas o permanecía sentado en el porche con algún miembro de su familia.
Su mujer solía observarme con recelo, mientras sus hijos me mantenían la mirada con sus grandes ojos burlones y sus sonrisas bobaliconas. Los odiaba. Ahora sé que no tenía derecho a hacerlo, pero los odiaba de verdad.
No sé cuanto tiempo hubiera sido capaz de aguantar bajo aquellas circunstancias; pues una tarde de otoño mi amo le regaló una escopeta a su primogénito, desencadenando la tragedia que aconteció unas horas más tarde. Padre e hijo practicaron puntería utilizando como blanco una lata de refrescos; pero mi amo pronto se cansó de disparar y regresó al calor del hogar, mientras que el crío ya había decidido su nuevo objetivo.
El primer disparo atravesó la pernera izquierda de mi pantalón y el segundo hizo brotar una parte del contenido de mi pecho. Poco faltó para que el tercer proyectil me volara la cabeza y el cuarto nunca llegó, pues su madre le llamó para que se lavara las manos antes de cenar.
Cuando la mujer me miró, no hubo drama por mis prendas rotas, ni por mi pobre cuerpo maltrecho. Tan sólo hubo risas en forma de graznidos por parte de los cuervos.
Al caer la noche llegó el agua en forma de lluvia y las aves se marcharon que buscar cobijo; por lo que la triste sensación de abandono crecía en mi interior, desatando la ira contenida. Una ira que me dio fuerzas para librarme de los tablones de madera que me habían mantenido crucificado durante tanto tiempo.
Tras dar mis primeros pasos, caí de rodillas contra el suelo permitiendo que el barro formado por la lluvia se adhiriera en mis maltrechos pantalones. Me puse en pie y me dirigí con mi torpe caminar hacia el granero, donde tomé la guadaña de mi amo y proseguí caminando hasta el interior de la granja, donde decapité con sigilo y sin piedad a todos sus inquilinos.
Cuando el cartero llegó junto al buzón de la linde del camino, halló a este desdichado espantapájaros con sus ropas manchadas de barro y sangre en lo alto de su cruz; y una terrible escena en el interior de la vivienda que sin duda le hizo vomitar.

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